La tragedia en Jet Set nos recuerda que no solo era un lugar de rumba, gozo y alegrías, sino también de cuentos, enamoramientos, conversaciones fluidas y cuerpos apretados brillando correas.
Quienes frecuentaban allí sabían de pasiones e idilios por generaciones, confluyendo en una pista que no dormía.
Era un Club Social, un icono, la imagen viva dominicana de la vida nocturna
Por ello nadie puede suponer con cierta subjetividad textual que el señor Antonio Espaillat, quiso que algo así sucediera.
Solo un monstruo puede creerlo.
Lo mismo de que ese sitio fuera objeto de un “atentado terrorista o criminal”.
Un pronunciamiento de tal magnitud es humillante a cualquier inteligencia.
Ahora bien, la noche de la tragedia, esa misma pista se convirtió en el epicentro de un drama sin retorno.
Las luces que se movían a ritmo de bachata, algunas noches, esta vez con merengue; se tornaron testigos mudas del caos.
